Prologo

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     PRÓLOGO

     La Disposición Final 1ª.4 de la Ley 19/1989, de 25 de julio, de reforma parcial y adaptación de la legislación mercantil a las Directivas de la Comunidad Económica Europea en materia de Sociedades, autorizó al Gobierno para que, en el plazo de un año, elaborara y aprobara un texto refundido de la Ley de Sociedades de Responsabilidad Limitada. Bien pronto, y sobre todo desde que se iniciaron los trabajos de la Comisión General de Codificación, se puso de manifiesto el grado de ingenuidad del legislador; aquel año se ha convertido casi en seis, y en lugar del texto refundido de una Ley que tenía, en 1953, 32 artículos, nos encontramos con una Ley nueva, y en buena medida novedosa, de 129 artículos, 7 disposiciones adicionales, 8 disposiciones transitorias, 2 disposiciones derogatorias y 2 disposiciones finales.
     El jurista, que todavía no ha terminado de asimilar, por ejemplo, la nueva Ley de Arrendamientos Urbanos, carece individualmente de fuerzas para enfrentarse con otro texto legal de diverso ámbito y tamaña envergadura. Enseguida vendrán en su ayuda conferencias, coloquios, «masters» y labores de divulgación de toda índole; pero junto a ellos y sobre ellos continúa primando, a mi parecer, el tradicional procedimiento del comentario breve, ajustado al texto de la Ley, artículo por artículo puesto que todo encuadramiento sistemático sería precipitado y poco práctico, y en el que prevalezcan, como la novedad de la Ley exige, los métodos exegético y sistemático de interpretación. El exegético, porque aunque «el saber de las leyes -como nos dicen las Partidas, 1.1.13- non es tan solamente en aprender é decorar las letras dellas, mas el verdadero entendimiento de ellas», el primer paso es hacerse cargo de su tenor literal, para confirmarlo o para corregirlo; sobre todo las primeras veces que nos encontramos con esa letra legal. Y el sistemático, para poner en relación cada precepto con los preceptos pertinentes de la misma Ley y del resto del Ordenamiento, especialmente la Ley de Sociedades Anónimas, el Código de Comercio y, como Derecho Común, el Código Civil.
     El libro que prologamos creo que reúne en alto grado las características que hemos señalado; a lo que hay que añadir su rápida publicación, casi simultánea a la promulgación de la Ley, y el hecho de que todos los comentarios están redactados por Notarios.
     La promulgación de una Ley de la trascendencia de la que ahora nos ocupa, tiene para sus destinatarios, y sobre todo para los juristas llamados a aplicarla, la categoría de un grande y sobrecogedor espectáculo, que a veces nos recuerda a la salida del toro a la plaza. La Ley está en la plenitud de su poder, y puede incluso causar daños no previstos por el legislador; luego vendrán a excepcionarla, o a interpretarla, otras leyes... o reglamentos; y comenzarán su labor la práctica, la doctrina y la jurisprudencia, hasta conseguir su pacífica aplicación en la vida real. Aparte de muchos conocimientos, práctica y oficio, hay que tener, pues, acreditado valor para enfrentarse con una Ley todavía sin estrenar.
     La técnica legislativa ideó hace ya muchos siglos un procedimiento para paliar esas dificultades; no otra cosa es la vacación de la Ley, que Justiniano justificó en una ocasión en la necesidad de que los Notarios conocieran su fuerza (Novela 66: «vim eius cognoscant»), puesto que saber las leyes, como enseñó Celso (Digesto, 1.3.17) y hemos visto recogieron las Partidas, es precisamente conocer esa fuerza, su alcance, su verdadero entendimiento. Porque el Notario, con frecuencia, es «el primer intérprete de las nuevas normas» (Condó); el primer intérprete -recalca Delle Veneri-, «apenas salidas».
     Incluso antes de que salgan; porque durante su tramitación parlamentaria, y más lejos, desde que empieza a tomar cuerpo la posibilidad de una reforma legislativa, los particulares empiezan a consultar a los Abogados y a los Notarios, por ejemplo, para consumar la adquisición de derechos que van a ser desconocidos, o para adaptarse desde ahora a las nuevas normas que se esperan; quien vaya a constituir ahora -o en los pasados meses- una sociedad de responsabilidad limitada, para referirnos a nuestro tema, es lógico que pretenda que la sociedad nazca conforme a la Ley en su momento vigente, pero también, siempre que sea posible, con arreglo a la Ley que ya se sabe que va a empezar a regir y cuándo; porque sólo así evitarán ulteriores complicaciones, adaptaciones, problemas y gastos. No basta la largueza del legislador, tan poco frecuente, en dilatar la fecha de entrada en vigor de la Ley, porque en algún sentido, según hemos visto, la Ley empieza mucho antes a ser tenida en cuenta. Esta «vigencia anticipada» de la norma exige, pues, su conocimiento previo y completo; porque si siempre se aconsejó empezar el estudio de una Ley nueva por sus disposiciones transitorias, hay que comenzar ahora por las disposiciones adicionales, en las que con frecuencia se modifican materias ajenas, relacionadas más o menos, o no relacionadas, con el objeto propio de la nueva Ley; se me dirá que siempre se ha hecho así, por razones de oportunidad legislativa, pero al menos, a fin de evitar desagradables sorpresas, se ampliaba la denominación de la Ley, aunque resultaran rúbricas tan pintorescas como aquella de la «Ley de 18 de junio de 1870, sobre el matrimonio civil, casación en lo civil, casación en lo criminal, procedimiento criminal, indultos, abolición de la pena de argolla, efectos civiles de la pena de interdicción, reversión al Estado de los oficios de la fe pública, judicial o extrajudicial, y provisión de Notarías por oposición».
     Los Notarios estamos, pues, especialmente preparados, por exigencias de nuestra misma función, para el madrugador estudio de las innovaciones legislativas; estudio urgente, desde luego, pero lo suficientemente profundo para dotar de bases firmes a la práctica. Y más en este caso, por la índole de la Ley, por la materia que regula; la experiencia notarial sobre la Sociedad de Responsabilidad Limitada, en su constitución, en sus modificaciones, a lo largo de toda su vida, hasta su misma extinción, ha sido siempre realmente completa.
     Hay, en fin, otra razón que explica la presente obra y que avala sus resultados.
     Los Notarios tenemos una especial «debilidad», valga la palabra, respecto de la Sociedad de Responsabilidad Limitada; un cariño por ella en cierta manera paternal. Porque día a día, cláusula a cláusula, institución a institución, el Notario participa en el proceso formativo de la norma jurídica, en el período de vida «prelegal» de la norma, como le denominó Giuliani, que de la solución aislada va a la cláusula de estilo, a la tipicidad social y al reconocimiento judicial y legal. La Sociedad de Responsabilidad Limitada es uno de los más claros ejemplos de este «iter»; el Código de Comercio siguió un sistema de «numerus apertus» en la definición de las Compañías mercantiles; «por regla general», empieza diciendo el artículo 122, las Compañías mercantiles son colectivas, comanditarias y anónimas; y precisamente al amparo de este principio de libertad va a aparecer en España la Sociedad de Responsabilidad Limitada en los protocolos notariales, hasta su confirmación en el Reglamento del Registro Mercantil de 1919 y al fin su regulación en la Ley de 1953. No es la labor de un solo Notario en una sola escritura, sino el resultado de una obra colectiva, al principio imperceptible, que acaba incrementando el Ordenamiento con una nueva forma social, a la manera de aquel «incrementum latens» de que nos habla Justiniano en sus Instituciones (2.1.20), que grano a grano de arena reciben, por aluvión, las fincas confinantes con las riberas de los ríos; esta es la forma normal, biológica, con que el Notariado contribuye al progreso jurídico, y de esta forma se creó entre nosotros la Sociedad de Responsabilidad Limitada. Y sin que sea desconocer, ni mucho menos, el impulso de los comerciantes que presentaban su situación y la lógica exigencia de la limitación de la responsabilidad, ni la labor de la doctrina, de los Abogados, Registradores y Jueces y Magistrados, el centro de la actuación ha estado en la escritura y en el Notario que la autoriza; todas las demás actividades concurrentes en el éxito obtenido son preparatorias o confirmatorias de la labor notarial creadora y conformadora de la Sociedad de Responsabilidad Limitada.
     Añadamos una última razón; el ámbito de libertad en que siempre se ha movido la Sociedad de Responsabilidad Limitada, y que la nueva Ley -vamos a ver si es verdad- consagra en su artículo 12.3; porque la función notarial se presenta en toda su amplitud dirigiendo la actuación de la voluntad de las partes en el campo reservado a su autonomía, encauzándola dentro de los esquemas legales; para redactar, en nuestro caso, una escritura a la medida de cada Sociedad, conforme con la Ley.
     ANTONIO RODRÍGUEZ ADRADOS
     Notario de Madrid
     De la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia
     

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